Puntos
de Vista
Análisis y opinión sobre energía,
política y civilización
Qué cambia
después de Bush
Por
Tomás Eloy Martínez
La palabra “cambio” domina obsesivamente la campaña
por la candidatura presidencial en los Estados Unidos. En la mañana
del martes, en el camino de Boston a Salem, New Hampshire, se vendían
pancartas con los nombres de los postulantes: McCain for President, Hillary
2008, Obama President ‘08. Una de las pancartas no tenía un
nombre propio sino un lema que podía servirle a cualquiera de ellos:
The Change We Need (el cambio que necesitamos). Con ligeras variantes,
tanto los demócratas como los republicanos ofrecen lo mismo: cambiar,
empezar de nuevo. Ninguno explica, sin embargo, qué se quiere cambiar
ni para qué.
Hace ocho años, el único candidato que no hablaba de cambio,
George W. Bush, terminó cambiándolo todo, y para peor. Bush
recibió un país con superávit fiscal y fue reelegido
en 2004 luego de llevarlo al endeudamiento y a la guerra, de haber manipulado
magistralmente el miedo al terrorismo y de haber puesto en duda valores
tradicionales como el respeto a la privacidad, a la tolerancia, a la igualdad
de oportunidades.
“Somos un solo pueblo –dice el senador demócrata Barack
Obama–. Nuestra hora de cambiar ha llegado.” “El cambio
puede ganar”, dice el ex gobernador republicano Mike Huckabee, quien
cambió de veras su apariencia en los últimos quince meses,
al bajar 45 kilos. A su vez, la senadora demócrata Hillary Clinton
se ilusiona: “No sólo estamos eligiendo un presidente. Estamos
tratando de cambiar nuestro país”.
El vacío del discurso es tan visible que otro de los candidatos,
el senador republicano John McCain, centró sus ataques a Mitt Romney,
ex gobernador de Massachusetts, en el hecho de que Romney es el verdadero
paladín del cambio: “Estamos en desacuerdo en muchas cosas –le
dijo–. Sólo coincidimos en que usted es el candidato del cambio”.
El sarcasmo apuntaba a que Romney apoyó el derecho al aborto y la
unión civil para las parejas homosexuales cuando gobernaba un estado
progresista, mientras que ahora, ante el electorado nacional, que es más
conservador, está en contra.
Por obvias razones,
Clinton y Obama encarnan el cambio en su misma identidad. El es el quinto
senador negro en la historia de EE.UU.; ella aspira a ser
la primera presidenta. Ser distintos no será suficiente para ganar
mientras no expliquen cuál sería la ventaja. Aunque los Estados
Unidos están más divididos que nunca entre conservadores
y liberales, el bipartidismo tradicional sigue funcionando para que nada
cambie. La senadora Clinton apoyó el envío de tropas a Irak,
y el electorado está dispuesto a recordárselo. Y Obama, que
pronunció un brillante discurso contra la guerra en 2002, cuando
no era senador, aprobó desde su banca el presupuesto de 300.000
millones de dólares para continuarla. También entre los republicanos
hay precandidatos que encarnan el cambio. Huckabee amenaza con transformar
el sistema de recaudación y la estructura del gobierno federal,
bases de la alianza conservadora que se estableció durante la presidencia
de Ronald Reagan. McCain coincide con él y con los demócratas
en la necesidad de resolver la ilegalidad de millones de inmigrantes. Para
Washington, sin embargo, es un disidente peligroso, porque se opone a legalizar
cualquier forma de tortura (él mismo fue un prisionero torturado
en Vietnam) y votó contra los recortes de impuestos para los sectores
de mayores ingresos, impulsados por Bush.
Qué se cambiaría, por qué se cambiaría y cómo
se cambiaría son preguntas que no se respondieron con claridad en
Iowa y New Hampshire. “Se hace campaña con poesía,
pero se gobierna con prosa”, atacó Hillary Clinton a Obama,
al recordar que Obama conmueve a las multitudes cuando recuerda sus orígenes –es
hijo de un pastor de cabras negro de Kenya y de una estudiante blanca de
Kansas–, aunque a la vez recibió una educación privilegiada
en Harvard. Los detractores de Obama lo han bautizado Oreo, por las galletas
de chocolate negras por fuera y blancas por dentro. Y algunos, al nombrarlo
en público, confunden deliberadamente su nombre completo, que es
Barack Hussein Obama. Se lo ha llamado Saddam Hussein y también,
con peor intención, Barak Osama.
Aunque es prematuro
formular vaticinios diez meses antes de las elecciones –el
primer martes de noviembre–, se puede imaginar que los demócratas
se inclinarán por Obama o Hillary, y los republicanos por McCain
o Huckabee, aunque a última hora podría emerger el ex alcalde
Rudolph Giuliani. Los republicanos apuestan a que cualquiera de ellos aventajaría
con facilidad a una mujer y a un mestizo, inaceptables para los conservadores
más recalcitrantes. Pero si el país quiere un cambio verdadero,
todo es posible.
No es poco lo que Estados
Unidos podría cambiar, después
de las desastrosas dos administraciones de Bush. Incluso los aspirantes
republicanos hablan de cambio, aunque no atacan al presidente salido de
su mismo partido. De hecho, coinciden con él en temas centrales
como la necesidad de continuar las operaciones en Irak y mantener la cárcel
de Guantánamo así como ciertas formas de tortura. También
apoyan la reforma impositiva que benefició a los ricos, rechazan
la legalización de los inmigrantes, postergan las medidas contra
el calentamiento global y se oponen a una cobertura médica nacional.
Todos los demócratas quieren evitar que en Irak se repitan los
errores de Vietnam. Hillary propone retirar las tropas lentamente hasta
2013 y dejar militares para combatir a Al-Qaeda, apoyar el ejército
local y evitar que el enfrentamiento civil se expanda en la región
en detrimento de los intereses norteamericanos. Obama restringe la propuesta
de retiro a dieciséis meses. Dejaría militares para combatir
el terrorismo, pero se alejaría de la lucha interna en Irak y realizaría
esfuerzos diplomáticos personales con Irán.
Las diferencias son
más claras en otros campos. Todos los demócratas
prometen reformar el sistema de salud, que deja sin protección a
47 millones de personas. También todos aseguran que rechazarán
las modificaciones impositivas de Bush e impondrán un sistema fiscal
que beneficie a la enorme clase media. Todos cerrarían la prisión
de Guantánamo, volverían a instaurar el hábeas corpus
y –con excepción de Obama– sacarían a los detenidos
de los tribunales militares para someterlos a los federales. Todos se oponen
a la tortura, aunque Clinton prevé la posibilidad de apartarse de
los acuerdos internacionales y dejar la responsabilidad en manos del presidente.
Todos enfrentarían el problema de los inmigrantes buscando un camino
a la legalización, que incluya multas por haber defraudado el control
migratorio, la obligación de aprender inglés y penalidades
para los empleadores que contraten trabajadores en negro. Todos prometen
buscar alternativas energéticas y reducir las emisiones de gases
que contribuyen al efecto invernadero.
Estas diferencias muestran
que la práctica política corre
detrás de cambios que ya se han producido en la sociedad. La solución
en Irak es difícil, porque cuesta más dinero repatriar tanques,
municiones y tropas que dejarlos donde están. Doce millones de inmigrantes
ya se han integrado a la sociedad, aunque estén en la sombra. La
realidad, por sí sola, está cambiando a los Estados Unidos
y desviándolos hacia un futuro de pocas certezas. Nadie puede saber
qué país encontrará el presidente que empiece a gobernar
en enero de 2009. Tropezará con ruinas muy pesadas y se le irá mucho
tiempo en levantarlas.
Tomás Eloy Martínez es
un escritor y periodista argentino. Ha escrito guiones de
cine, ensayos, relatos periodísticos y novelas. Sus
puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este articulo fue originalmente publicado en La
Nación, Sábado 12 de enero de 2008 .
Reproducimos el mismo en beneficio de los lectores.
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Perú 03 02 08
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