Puntos
de Vista
Análisis y opinión sobre energía,
política y civilización
La
cumbre energética de América del Sur y la integración
regional: un camino de buenas (y no tan buenas) intenciones (I)
Por
Carlos Malamud
La
Cumbre Energética sudamericana, celebrada en Isla Margarita,
Venezuela, a mediados de abril de 2007, obtuvo magros resultados y
no estuvo a la altura de las grandes expectativas que había
depositado en ellas el país anfitrión.
Introducción. Con antelación a su celebración,
la Cumbre Energética de América del Sur, celebrada en
la Isla Margarita, había levantado grandes expectativas, especialmente
entre sus principales impulsores: Venezuela, Bolivia, Ecuador y Argentina.
En sintonía con las mismas, y antes de conocer el desenlace
final, no es de extrañar que el anfitrión de la conferencia,
el presidente venezolano Hugo Chávez, dijera –un poco
enfática y retóricamente– en la cena de recepción
a los presidentes invitados que “Suramérica rescribe su
historia”.
Los impulsores
de la Cumbre, especialmente el Gobierno venezolano, esperaban que
en ella se dieran algunos pasos decisivos en el proceso
de integración energética de América del Sur.
Para ello, entre los objetivos planteados en la agenda del encuentro
estaba la idea de avanzar claramente en la definición de la
matriz energética del subcontinente, teniendo como principal
referencia las enormes reservas de gas y petróleo en el subsuelo
venezolano y también, en el caso del gas, en Bolivia. Junto
a éste, había otros objetivos nada menores, como el de
la creación de una OPEP del gas sudamericana (Oppegasur), el
impulso definitivo al Banco del Sur (BS) –un proyecto inicialmente
apoyado por Venezuela y Argentina, al que luego se sumaron Bolivia
y Ecuador– o la redefinición de la Comunidad Sudamericana
de Naciones (CSN o CASA) –que reemergió tras la Cumbre
con la novísima denominación de Unión de Naciones
Sudamericanas (Unasur)–.
Las buenas
señales en relación a la Cumbre, que las
agencias oficiales de noticias se preocupaban de difundir, anticipaban
una activa presencia de los presidentes, un casi pleno, que iba a estar
sólo empañado por la ausencia del primer mandatario uruguayo,
Tabaré Vázquez, poco convencido de las ventajas que podría
reportarle el hecho de tener que encontrarse con su colega argentino
Néstor Kirchner. Los temores de Vázquez reposan en el
conflicto sobre la construcción en suelo uruguayo de dos fábricas
de pasta de celulosa, que inexplicablemente han encrespado los ánimos
entre los dos Gobiernos rioplatenses. En el último momento también
se agregó al grupo de ausentes el presidente peruano, Alan García,
que en su actual mandato se caracteriza por viajar muy poco.
Tras su
celebración, la Cumbre fue evaluada de manera muy desigual.
Por un lado están los que la han presentado como un éxito
absoluto, un avance innegable en el proceso integrador sudamericano.
En opinión de los analistas o periodistas más entusiastas
la Cumbre fue “una ocasión inmejorable para que Chávez
demostrara que su liderazgo no tiene contrapesos en Sudamérica”.
[1] Por el otro lado tenemos a los que, y éstos eran los más,
interpretaron los resultados de la Cumbre como una rotunda victoria
de Lula frente a Chávez, que terminó siendo el gran derrotado
de esta cita presidencial sudamericana. Sin embargo, y como suele ocurrir
en estas ocasiones, las cosas terminaron siendo algo más contradictorias
de lo que mostraba una lectura superficial. De ahí que el principal
objetivo de este trabajo sea realizar un balance de la Cumbre Energética
Sudamericana de Isla Margarita, en el marco del actual balance de fuerzas
energético en la región y del proceso de integración
regional. También se tendrán en cuenta algunos acontecimientos
posteriores a la Cumbre, intentando despejar las incertidumbres que
de cara al futuro acompañan el proceso de integración
energético en América del Sur y también el estado
por el que atraviesa en la región el sector de la energía
tras la celebración de este encuentro.
La Cumbre
tenía un trasfondo político importante, enmarcado
en la cada vez más abierta lucha por el liderazgo regional entre
los presidentes Luiz Inázio Lula da Silva, de Brasil, y el comandante
Hugo Chávez. Por eso, la diplomacia venezolana, siguiendo la
estela trazada por las fuertes declaraciones de Fidel Castro y del
propio Chávez, buscaba una condena abierta de los biocombustibles,
aunque sin involucrar directamente a Brasil, algo que finalmente no
se produjo.
La Cumbre
Energética. En la Cumbre Energética de América
del Sur estuvieron presentes los presidentes de Argentina, Néstor
Kirchner; de Bolivia, Evo Morales; de Brasil, Luiz Inázio Lula
da Silva; de Chile, Michelle Bachelet; de Colombia, Álvaro Uribe;
de Ecuador, Rafael Correa; de Paraguay, Nicanor Duarte y de Venezuela,
Hugo Chávez. También participaron el vicepresidente de
Uruguay, Rodolfo Nin Novoa, en representación del presidente
Tabaré Vázquez, y los primeros ministros de Guayana,
Sam Hinds, y de Surinam, Gregory Rusland. En el último momento
se indicó que no acudiría a la cumbre el presidente de
Perú, Alan García, que fue representado por los ministros
de Relaciones Exteriores, José Antonio García Belaúnde,
y de Energía y Minas, Juan Valdivia. La mayor parte de los presidentes
aprovecharon la Cumbre para mantener diversos encuentros bilaterales,
como los que sostuvo Michelle Bachelet con sus pares de Bolivia, Ecuador
y Venezuela. Previamente a la cita presidencial, se reunieron los ministros
de Energía y de Relaciones Exteriores de la región con
la intención de redactar una Declaración Final, una tarea
que terminó siendo más complicada de lo que estaba previsto
inicialmente.
La Cumbre
se desarrolló en medio de estrictas medidas de seguridad.
La isla Margarita fue militarizada y cerca de 5.000 efectivos de la
seguridad venezolana, incluido el Ejército, interfirieron en
el desarrollo normal de la vida cotidiana de la sociedad local. Los
alrededores del Hotel Hilton, donde se celebró la reunión,
fueron custodiados por carros blindados y soldados fuertemente armados.
En la bahía cercana, barcos de guerra y lanchas rápidas
artilladas impedían la presencia de embarcaciones civiles. Para
disminuir la actividad y el tránsito de personas se declaró festiva
la jornada de la Cumbre, el recinto de prensa fue custodiado por soldados
que impidieron cualquier desplazamiento que no estuviera autorizado
y los residentes de zonas cercanas debían portar credenciales.
Esta situación de intensa vigilancia policial y militar, que
expresa un cierto temor del Gobierno venezolano por los problemas de
seguridad, contrasta con la VII Cumbre Iberoamericana, celebrada en
1997 también en la Isla Margarita, que contó con la presencia
de los Reyes de España y de Fidel Castro, y que no conoció un
nivel de militarización semejante.
Como suele
ocurrir en este tipo de reuniones presidenciales latinoamericanas,
la agenda
de la Cumbre no se ciñó únicamente al
tema monográfico en cuestión (la energía). De
este modo, las cuestiones políticas afloraron por doquier, lo
que redundó en el tratamiento de una gran cantidad de problemas,
muchos de ellos inconexos entre sí, en el ya habitual exceso
de retórica y, sobre todo, en la escasa especialización
de unas discusiones teóricamente monográficas. Así,
por ejemplo, dos de los temas abordados por los mandatarios fueron
el apoyo a la Argentina por sus reclamaciones sobre las Islas Malvinas
[2] o la constitución de la Unasur [3] en lugar de la CSN (a
la que sí se menciona expresamente en la Declaración),
aunque finalmente no se incluyó en la Declaración Final
[4] ninguno de los dos temas mencionados, sino en declaraciones presidenciales
separadas.
Se ha
convertido prácticamente en una norma en este tipo de
reuniones presidenciales latinoamericanas que haya una sobredimensión
de las expectativas en relación a los resultados finalmente
obtenidos. Antes del comienzo de la Cumbre de Isla Margarita parecía
que el cielo se iba a abrir a los deseos presidenciales y que en materia
energética todo es posible en América del Sur. Sin embargo,
finalmente no ocurrió la mayor parte de lo que se esperaba.
Buena prueba de cómo las expectativas no coincidieron finalmente
con los hechos la tenemos en un artículo del Clarín ,
de Buenos Aires, del 17 de abril, que decía textualmente: “El
consenso en torno al Oppegasur se había logrado en la reunión
de ministros de Energía que precedió a la de los presidentes.
Allí se detalló, paso a paso, cada proyecto para construir
gasoductos de todo tipo con el mega Gasoducto del Sur como integrador
de una red regional” y “La actitud de Brasil con respecto
a crear una OPEP sudamericana del gas fue proactiva, al menos en las
declaraciones públicas”. [5] A la vista de los magros
resultados obtenidos, y de la dura postura del presidente Lula durante
el tiempo que duró la Cumbre contra algunos de los temas estrellas
de la misma (como el BS o la Oppegasur), está claro que lo decidido
por los ministros (y recogido por la prensa) o no fue tal o sirvió para
muy poco.
La primera
gran evidencia de que las cosas en la Cumbre no iban nada bien fue
que
los ministros de Energía no alcanzaron el consenso
deseado sobre la Declaración Final tras 11 horas de una acalorada
e intensa discusión. Según esperaban los organizadores,
y la prensa en general, el encuentro ministerial no debería
haber durado más de dos o tres horas, el máximo necesario
para redactar lo que se esperaba fuera un acuerdo de compromiso entre
todas las partes presentes. Como esto no fue así, los ministros
de Exteriores, que deberían haber comenzado a trabajar a continuación
de sus colegas energéticos, iniciaron su reunión con
tres horas y media de atraso. Dada la falta de consenso de los ministros
de Energía, no pudieron estudiar la Declaración a fin
de poder entregarla a los presidentes para su discusión. Uno
de los portavoces presidenciales, que no se quiso identificar, declaró que
la polémica sobre los biocombustibles fue la principal causa
de la falta de acuerdo entre los gobiernos sudamericanos, que atribuyó a
la dura posición brasileña, una constante presente en
toda la Cumbre. La misma actitud de dureza fue mantenida por todas
las autoridades brasileñas presentes en la Cumbre.
Finalmente,
la Declaración Final se entregó a la prensa
seis horas después de la partida de los presidentes. Como está resultando
habitual en las citas regionales de este tipo, la Declaración
está repleta de buenos propósitos pero no contiene ningún
proyecto concreto. Consta de 17 puntos y en ellos se busca promover
con inversiones conjuntas la infraestructura de integración
energética de la región, “trabajar para establecer
una sistematización y evaluación del balance energético
suramericano”, “impulsar” el desarrollo de las energías
renovables y “fortalecer” las relaciones ya existentes.
También “ratifica” lo aprobado en reuniones anteriores, “reitera” que
el acceso a la energía es un derecho ciudadano y subraya que
la integración regional es “importante”. El único
punto que impulsa una medida concreta es el último de los redactados
en la Declaración, que crea un “Consejo Energético
de Suramérica”, integrado por los ministros del ramo,
aunque no se le asignan a la misma más tareas que la de presentar
un proyecto para ser considerado en la próxima cumbre regional.
Más allá de la omnipresente retórica integracionista,
que vuelve una y otra vez sobre los tópicos de siempre, lo cierto
es que esta Cumbre Energética debe ser vista esencialmente como
parte de la estrategia venezolana por consolidarse como una potencia
energética internacional y por mantener un liderazgo que el
presidente Hugo Chávez está intentando construir, con éxito
desigual, en América Latina. Desde esta perspectiva es interesante
ver como en Isla Margarita, Venezuela reivindicó su papel como
potencia energética mundial y regional. Para ello defendió una
estrategia eminentemente suramericana, que pasa por revalorizar sus
hidrocarburos, a la vez que trata de garantizar, mediante los más
variados mecanismos, el acceso de estos recursos a los grandes consumidores
de la región. Con este objetivo en mente, el ministro de Energía
venezolano, Rafael Ramírez, afirmó que la I Cumbre Suramericana
de Energía ha sido un paso decisivo en la creación de
un mercado regional energético que debe aprovechar las enormes
ventajas que le otorgan el gas y el petróleo. Para eso, Venezuela
cuenta con la “extraordinaria concentración de recursos
energéticos e hidrocarburos en la Faja Petrolífera del
Orinoco” y una de las reservas de gas natural más importantes
del mundo.
Problemas
en Isla Margarita. Más allá de las grandes
expectativas existentes, la Cumbre presidencial duró menos de
24 horas y, comenzando por el presidente Kirchner, los mandatarios
empezaron a hacer mutis por el foro. Durante la reunión se repitieron
la mayor parte de los tópicos y de los argumentos últimamente
recurrentes sobre la integración regional y, muy especialmente,
sobre la integración energética, que se ha convertido
en el centro de atención de la mayor parte de los proyectos
integracionistas. La reunión de la mayor parte de los mandatarios
del subcontinente contó con dos actores principales, los presidentes
de Brasil y Venezuela, Lula da Silva y Hugo Chávez, y pese a
la retórica de la integración, omnipresente en Isla Margarita,
cada uno de ellos se ciñó básicamente al guión
que le marcaba la estricta defensa de sus principales intereses nacionales,
especialmente en materia energética.
Pero así como Venezuela tenía su agenda para la Cumbre,
y quería monopolizarla a su favor, Brasil también tenía
sus intereses concretos. Los proyectos energéticos incluidos
en el recientemente diseñado Programa de Aceleración
del Crecimiento (PAC), no bastan por sí solos, en el medio y
largo plazo, para garantizar la expansión económica brasileña
ni para avanzar en la disminución de las desigualdades regionales.
Por eso, desde la perspectiva del Gobierno de Lula es cada vez más
necesario garantizar el autoabastecimiento energético de América
del Sur y, también, las conexiones con las fuentes de generación
eléctricas instaladas en los países vecinos. También
les preocupa la seguridad jurídica para las inversiones de Petrobras
en la región y el acceso al gas y al petróleo de los
países fronterizos. A esto hay que agregar el interés
brasileño por crear una red mundial de abastecimiento de biocombustibles.
Pese a
los continuos encontronazos entre las partes, en el plano de la retórica se guardaron las formas y se produjeron algunas
coincidencias notables, lo que no ocurrió en el terreno de los
hechos y los resultados concretos, que suelen ser bastante más
tozudos que las palabras y las buenas intenciones. Mientras Chávez
calificaba a la reunión como “la Cumbre perfecta”,
Lula decía que la Cumbre “será importante, en la
medida en que allí se podrá definir el futuro de Suramérica
para los próximos 10, 15 ó 20 años”. Junto
a la retórica también primaron las buenas intenciones,
como la propuesta del presidente Morales, no apoyada en ningún
estudio concreto, de crear un “consejo permanente” que
permita aprovechar las energías de manera limpia y sin afectar
el medioambiente.
Desde
el comienzo, estaba claro para la diplomacia brasileña
que la Cumbre se había montado en torno a los proyectos venezolanos
de consolidación de su liderazgo regional. Por eso Lula dedicó buena
parte de sus esfuerzos durante su estancia en Isla Margarita a frenar
una serie de iniciativas venezolanas (algunas apoyadas por Argentina,
Ecuador o Bolivia, según los casos), como la arremetida contra
los biocombustibles, o los proyectos para crear la Oppegasur o el Banco
del Sur. No es casual que a su regreso de Venezuela, Lula se haya reunido
durante cuatro horas con el presidente de Petrobras, Sergio Gabrielli,
lo que da una idea de la magnitud y trascendencia de los temas abordados.
Un primer
balance de los resultados de la Cumbre es bastante negativo para
los intereses
de Hugo Chávez, que vio como sus principales
propuestas (Oppegasur y BS) eran rechazadas o diferidas por la mayoría
de los presidentes o recogían un escaso y poco entusiasta apoyo.
La Cumbre también debía dar un espaldarazo al Gran Gasoducto
del Sur, pero este tema pasó sin pena ni gloria. Pese a ello,
predominaron las buenas palabras. Marco Aurelio García, el principal
asesor de Lula para temas internacionales, dijo que los gobiernos de
América del Sur han logrado un buen consenso en torno a la necesidad
de concretar una integración energética “compleja
y sofisticada” y que el documento final “es bueno, consensual” y “recoge
todas las preocupaciones” de los gobiernos sobre el futuro energético
de la región y su incidencia en el desarrollo.
En la
misma línea, el presidente Uribe señaló que
la Cumbre sentó “las bases para un acuerdo suramericano
que incluya el tema del petróleo, del gas, de los combustibles
alternativos, de los combustibles a partir de productos agrícolas
como la caña, la palma africana, y el tema de la energía
hidroeléctrica” y se empezó a tratar “el
tema de la interconexión energética con gas, con líneas
de transmisión de energía”. Sin embargo, la realidad
fue otra y el eje de la Cumbre giró en torno a los hidrocarburos.
El petróleo venezolano. Según el último Informe
de Estadísticas Energéticas de la OLADE (Organización
Latinoamericana de la Energía), las reservas regionales de petróleo
en 2005 eran de 115.000 millones de barriles. De ellos, 80.550 millones
correspondían a Venezuela y 11.770 millones a Brasil. Se da
la circunstancia de que desde 2004 las reservas probadas de petróleo
en América Latina han crecido a un 2,06% anual, tras haberse
estancado en los 10 años anteriores. Sin embargo, la producción
bajó un 1,16% respecto a 2005, especialmente en Perú,
Chile y Argentina. Las estadísticas venezolanas no son totalmente
fiables para determinar la evolución concreta de su producción
petrolera. [6] En 2005 América del Sur produjo unos 6,7 millones
de barriles diarios, el 8,38% del total mundial. OLADE prevé una
producción de crudo en América Latina de 3.857 millones
de barriles en 2008, en un escenario de “baja integración”,
y de 4.200 millones en uno de “alta integración”.
Pero para que esto sea realidad son necesarias grandes inversiones,
fomentar un mercado interno más ágil e integrado y dar
estabilidad jurídica a un negocio de alto riesgo, intensivo
en capital y con tasas de retorno de mediano plazo, además de
su fuerte impacto ambiental y social. Pese a la importancia de lo anterior
se trata de aquellas cuestiones que el Gobierno venezolano no está impulsando,
como se vio en la nacionalización de los yacimientos de la Faja
del Orinoco.
La agenda
de la Cumbre incluía, según el ministro venezolano
de Energía, Rafael Ramírez, los grandes proyectos “en
marcha” como el Gran Gasoducto del Sur, que llevará gas
desde Venezuela hasta Argentina; el Gasoducto Transoceánico,
entre Venezuela y Colombia y la creación de una organización
de países productores y exportadores de gas de Suramérica
(Oppegasur). Las declaraciones de Chávez y Ramírez muestran
como el principal objetivo de Venezuela para esta Cumbre era más
nacional que regional. Salvo de los biocombustibles, la discusión
se centró en el gas y el petróleo, las fuentes energéticas
que controla Venezuela, pero se habló menos, y con poca profundidad,
de energía hidroeléctrica, energía nuclear o de
otras fuentes de energías renovables. No en vano, en todos los
proyectos mencionados Venezuela está implicada directamente.
El principal objetivo del Gobierno de Hugo Chávez era el de
reivindicar el papel de su país como una potencia energética
mundial. Para ello, en el contexto de una Cumbre regional, ha creído
que el mejor camino era defender una estrategia suramericana que valorice
sus hidrocarburos y les garantice el acceso a los mercados sudamericanos.
La pretensión venezolana es condicionar el proceso de integración
regional a la energía y para eso se apoya en el gran incremento
de la demanda, en que Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo
en América Latina y en que Bolivia, uno de sus principales aliados
regionales, tiene grandes reservas de gas. Por eso, su análisis
parte de la premisa que cualquier plan estratégico energético
regional debe considerarlos. De este modo, Chávez ha logrado
cambiar el eje de discusión de la integración regional,
que ahora pasa por la energía, aunque en este terreno se da
la gran paradoja de que Chile, un país rodeado de otros productores
de gas (Argentina, Bolivia y Perú), debe importarlo como gas
licuado desde Indonesia u otras partes del mundo, dadas las reticencias
de sus vecinos de hacerlo de forma regular y sin ningún tipo
de condicionamientos.
Según Chávez, su plan permitiría unificar a todos
los países de la región en torno a planes de extracción
conjunta de crudo y gas, su posterior procesamiento y transporte y,
finalmente, su conversión en materias primas petroquímicas
para impulsar las distintas industrias nacionales. A partir de la extracción
de gas –Venezuela creó Delta Caribe, un proyecto desarrollado
a partir de distintos planes de explotación, donde cada país
tiene su opción de extracción y exportación– se
prevé la construcción de los llamados Centros Industriales
de Gas (Cigas), plantas de procesamiento que permitirán tratar
el gas en América del Sur. De ellos se podrá exportar
gas licuado, algo hasta ahora inexistente en Venezuela, lo que obligaría
a construir varias plantas regasificadoras en los distintos países
de destino.
Desde
la perspectiva venezolana y del modelo de integración
propuesto, recostado básicamente sobre los hidrocarburos, las
empresas petroleras o energéticas estatales deben convertirse
en los principales actores. Sin embargo, aquí encontramos un
universo muy diferente y variado de empresas y experiencias, pertenecientes
a países que son bien productores de hidrocarburos, bien sólo
consumidores. Así, encontramos una realidad energética
en América del Sur mucho más compleja y variada de lo
que los impulsores de la Cumbre quisieran admitir. De este modo, las
empresas se diferencian entre sí por el hecho de estar total
o parcialmente en manos del Estado, y también por su tamaño,
su capital, su experiencia, su capacidad gerencial y su nivel de actividad.
Mientras algunas de ellas sólo se ocupan del downstream , otras
también trabajan en el upstream ; mientras algunas son fervientes
defensoras del monopolio estatal, otras apoyan activamente la cooperación
con empresas privadas. De este universo forman parte PdVSa (Petróleos
de Venezuela), YPFB (Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia),
Enarsa (Energía Argentina), Petroecuador (Empresa Estatal Petróleos
del Ecuador), Petrobras (Petróleo Brasileiro), Ecopetrol (Empresa
Colombiana de Petróleos, a punto de ser parcialmente privatizada),
Petropar (Petróleos Paraguayos), Petroperú (Petróleos
del Perú), la uruguaya ANCAP (Administración Nacional
de Combustibles, Alcohol y Portland) y la chilena ENAP (Empresa Nacional
del Petróleo). [7]
Una parte
esencial de la estrategia petrolera del presidente Chávez
pasa por lograr el control total de la producción de hidrocarburos
por parte del Estado venezolano. [8] Como parte de la misma ha decidido
retomar el control estatal de los yacimientos de petróleo extra
pesado del Orinoco. Sin embargo, el camino hacia una mayor presencia
estatal no es un fenómeno estrictamente venezolano, sino una
tendencia observable en todo el mundo. Con Rusia a la cabeza, la mayoría
de los Estados busca controlar sus recursos de gas y petróleo,
como muestra su creciente presencia en el manejo de las reservas petroleras.
En la actualidad más de tres cuartas partes de estas reservas
están en manos de Estados y 14 de las principales 20 empresas
petroleras son públicas.
En América Latina, PdVsa se ha convertido en uno de los principales
actores regionales, junto a Petrobras y Pemex (Petróleos Mexicanos).
De las tres, PdVsa es la que tiene una política más agresiva,
que en realidad es una extensión de la petrodiplomacia venezolana,
interesada en consolidar su liderazgo regional. Para eso, PdVsa ha
basado su expansión latinoamericana en financiar proyectos de
todo tipo y aportar la tecnología necesaria. Hasta ahora, sólo
se han materializado algunos de estos proyectos, mientras la mayoría
sigue en estudio o sólo en su enunciado. No se trata sólo
de poner el pié con inversiones en otros países, sino
también en invitar a los gobiernos y a las empresas estatales
del sector a invertir en los yacimientos de la Faja del Orinoco.
El proyecto
venezolano prevé la explotación conjunta
de la Faja del Orinoco por empresas estatales sudamericanas, para lo
cual Chávez le propuso a sus colegas crear un “bloque
Suramérica”, con la participación de empresas ya
presentes (Petrobrás, Enarsa y Ancap), a las que se podrían
sumar Ecopetrol, ENAP y Petroecuador. Las reservas probadas de las áreas
ofrecidas, cuya localización geográfica no se ha difundido,
suman 10.500 millones de barriles de crudo y, según Chávez, “estará a
disposición de toda Suramérica”. También
sugirió que parte de los bonos de participación que recibirá el
ministerio de Energía y Petróleo por la oferta pública
de los bloques que hoy están siendo cuantificados y certificados
en la Faja, y que ascenderán a 5.000 millones de dólares,
se depositen en un fondo para impulsar proyectos regionales.
Bolivia
y Ecuador son dos países en los que la presencia de
PdVsa ha ido en aumento. En Bolivia, técnicos de la compañía
venezolana han tomado una parte activa en todo el proceso de nacionalización
de los hidrocarburos, iniciado con la firma por el presidente Morales
del Decreto Supremo del 1 de mayo de 2006. Su presencia en YPFB se
ha hecho más que evidente. El 13 de mayo de 2007, el Gobierno
boliviano sancionó el Decreto Supremo Nº 29130, que autoriza
a YPFB a asociarse con empresas extranjeras, ya sean estatales o privadas.
Como manifestó el presidente Morales, “YPFB puede hacer
(la exploración y explotación) de manera asociada con
empresas estatales de todo el mundo. Si no encontramos empresas estatales
para exploración, especialmente con los campos reservados, también
puede ser con empresas privadas transnacionales; y si no hay posibilidad
apelaremos a una licitación internacional”. El mensaje
es claro: la principal esperanza es que PdVsa invierta en Bolivia,
luego que participen otras empresas estatales –como la iraní– y,
si no es suficiente, se abrirá la puerta pequeña para
las empresas privadas del sector.
Tras la
llegada de Rafael Correa al poder en Ecuador, la actividad venezolana
en
el sector petrolero ha ido en aumento. Coincidiendo con
la Cumbre de Isla Margarita, los presidentes Chávez y Correa
firmaron varios convenios para regular la presencia de PdVsa en el
desarrollo del campo petrolero ecuatoriano de Ishpingo-Tambococha-Tiputini,
uno de los yacimientos más ricos del Ecuador, con reservas de
1.000 millones de barriles. Al estar enclavado en el Parque Nacional
Yasuní, su explotación ha merecido las quejas de algunos
grupos ecologistas. A esto se suma el hecho de que en la zona viven
comunidades indígenas aisladas. Desde la perspectiva ecuatoriana,
una posibilidad es no explotar estos yacimientos si el Gobierno recibe
350 millones de dólares anuales. En el caso de Paraguay, PdVsa
proyecta invertir 600 millones de dólares en Petropar para construir
una refinería. Algunos analistas paraguayos piensan que el objetivo
venezolano es quedarse con la empresa mixta que pueda surgir de dicha
inversión.
Una pieza
clave en la estrategia de expansión venezolana son
las refinerías, algo vital para procesar sus petróleos
ultrapasados, una necesidad que se acrecienta después de la
toma de control gubernamental de los yacimientos de la Faja del Orinoco.
Venezuela tiene reservas de crudos convencionales de 80.000 millones
de barriles, el 6,8% de las reservas mundiales probadas, siendo sexta
en el ranking mundial. Si se consideran los crudos ultrapesados la
cifra se eleva a 270.000 millones de barriles, lo que convierte a Venezuela
en el país con mayores reservas del mundo, por delante de Arabia
Saudí. Sin embargo, como señala Genaro Arraigada, “la
explotación de los crudos pesados es difícil, requiere
mayores inversiones y que maduran en períodos más largos,
tiene más baja rentabilidad y, sobre todo, requiere refinerías
especiales en los lugares de explotación para elevar el grado
API de los crudos (a mayor grado más liviano) y normalmente
en los países de destino. Los crudos ultrapesados venezolanos
no pueden ser tratados por una refinería convencional”.
[9]
Si se
cumplen las expectativas venezolanas sobre la producción
de petróleos de la Faja del Orinoco harían falta, al
menos, 13 refinerías para procesar todo el crudo de ese origen.
Con esa meta, y entre las distintas refinerías que impulsa construir
PdVsa encontramos la construcción de una mega refinería
en Manabí, que permitiría exportar combustibles a China.
A esto hay que sumar la refinería de Penambuco (Brasil), con
capacidad de refino de 200.000 barriles diarios y la refinería,
mucho más pequeña (40.000 barriles diarios), a construir
en Paraguay. Venezuela también está interesada, junto
a Petronic (Petróleos de Nicaragua) en construir una refinería
en Nicaragua, con capacidad para producir 150.000 barriles diarios.
Este proyecto competiría con uno semejante de Pemex, que quiere
construir una refinería en América Central.
Argentina,
por su parte, también quiere construir una nueva
planta para aumentar su capacidad de refino, aunque tiene el problema
de financiar su construcción. Como dijo el presidente de Petrobras,
Sergio Gabrielli, “Creemos que el sistema de precios [argentinos]
no estimula muchas inversiones”, lo que generó una fuerte
polémica con el ministro de Planificación argentino,
Julio de Vido. Ante la escasa inversión extranjera directa que
llega al país, más notable en el sector energético,
el Gobierno del presidente Kirchner piensa financiar el proyecto, valorado
en cerca de 3.000 millones de dólares, con una “amable
invitación” a las principales empresas del sector presentes
en el país, Repsol YPF, Petrobras, Pan American Energy, Esso
y Chevron, a invertir en él, una invitación que no cayó nada
bien entre los principales directivos de las compañías.
El Tratado
Energético. Durante la Cumbre de Isla Margarita,
el presidente Chávez dijo que Venezuela presentó a los
gobiernos suramericanos una propuesta “que promete ser el primer
documento de un tratado energético suramericano”. En este
punto, llama la atención la gran improvisación con la
que se convocó a la Cumbre, ya que teóricamente entre
los objetivos de la misma debería haber estado ese Tratado,
cuyo borrador debería haber circulado previamente la Cancillería
venezolana entre sus pares sudamericanos. Ahora bien, más allá de
si hubo o no tal improvisación, de lo que no hay la menor duda
es que en esta cuestión nos encontramos nuevamente con el deseo
del Gobierno venezolano de marcar la agenda energética y liderar,
de acuerdo con sus propios criterios, un proceso de integración
regional basado en la energía.
De acuerdo
con sus impulsores, el Tratado debería girar sobre
cuatro ejes –petróleo, gas, energías alternativas
y ahorro energético– y su principal objetivo debería
ser evitar las crisis energéticas en los distintos países
de la región a partir de los recursos venezolanos. Se trata
de un punto importante, ya que, en el caso de que se cumplan las previsiones
de la OPEP, recordadas por Chávez, la demanda de petróleo
en América Latina hasta 2020 debería crecer muy por encima
de la demanda mundial, un 47%, frente a un 22%.
Según el presidente Chávez, el Tratado debería
comprometer básicamente a Venezuela y Bolivia a atender las
demandas energéticas de los 12 países suramericanos,
más algunos caribeños y centroamericanos. La idea es
que las reservas venezolanas son suficientes para atender las necesidades
de América Latina durante dos o tres siglos. El Tratado debería
desarrollarse de forma complementaria a los planes nacionales y regionales
de ahorro energético y de búsqueda de generadores energéticos
alternativos. Finalmente, se acordó crear un Consejo Energético,
de nivel ministerial, que coordinará todos los acuerdos sudamericanos
sobre energía. Más allá del compromiso venezolano
de intentar evitar las crisis, la cuestión que queda pendiente
y que no ha sido solventada durante la Cumbre de Isla Margarita es
el de las contrapartidas que deberán afrontar todos aquellos
países que reciban hidrocarburos de Venezuela y Bolivia.
Energía e integración. La Oppegasur. Pese a ser el teórico
hilo conductor de la Cumbre, las cuestiones estratégicas en
torno a las modalidades de lo que debería ser la integración
energética se mantuvieron en el plano de la generalidad y en
ningún momento amenazaron con pasar de allí. En esta
línea hay que entender las palabras de Marco Aurelio García,
asesor para temas internacionales del presidente Lula, para quien la
Declaración Final de la Cumbre contiene “la propuesta
de todos los países de la región” de trabajar por
una “integración compleja, sofisticada, genérica,
de combustibles”. El Gobierno de Brasil considera que Suramérica
puede convertirse en “el gran reservorio energético del
mundo, si combina etanol, biodiesel, petróleo, gas, recursos
hidroeléctricos, eólicos y en algunos casos, como es
Argentina y Brasil, nuclear”. Nuevamente, aparecen los grandes
objetivos y las buenas palabras, pero ninguna palabra concreta que
explicite los mecanismos y los pasos a dar para alcanzar la meta deseada.
La idea
de crear una OPEP regional (la Oppegasur), que nucleara a los países productores de gas, como Venezuela, Bolivia, Perú y
Argentina, surgió en una reunión celebrada en Buenos
Aires cinco semanas antes de la Cumbre. Los mayores impulsores del
proyecto fueron los presidentes Chávez, Kirchner y Morales.
El Gobierno de Lula rechazó la idea porque “equivale a
cartelizar a los productores de gas”, aunque inicialmente, el
ministro boliviano de Energía, Carlos Villegas, había
manifestado que Brasil estaba interesado en participar en la iniciativa.
Sin embargo, el canciller brasileño Celso Amorim despejó rápidamente
las incógnitas, cuando señaló que no cabía
en una reunión como esa tratar el tema de la Oppegasur: “Si
estamos implicados en un esfuerzo de integración, no podemos
dividir a los consumidores de los productores de gas. Al contrario,
debemos conciliar y armonizar sus intereses”. Estas declaraciones
mueven a una doble reflexión: o la agenda y la propia Cumbre
estaban mal diseñadas, o el objetivo de la reunión era
más político que técnico. Pero en ambos casos
se ponen de manifiesto los grandes déficit de la cita presidencial.
Para Venezuela,
la Oppegasur tiene dos objetivos inmediatos. Por un lado, apuntalar
la posición de su socio, Evo Morales, en su
tormentosa relación con Brasil, y, por el otro, convertirla
en una palanca para comenzar a exportar su gas, bien bajo la forma
de gas natural licuado (GNL), bien mediante una compleja red de gasoductos.
Venezuela espera tener para 2012 la capacidad de producir cuatro millones
de toneladas anuales de GNL, mientras estima que en su primera etapa
el gasoducto del Sur exportará 50 millones de metros cúbicos
de gas natural de Venezuela a Brasil.
La red
de gasoductos que impulsa Venezuela para interconectar a buena parte
de América del Sur es uno de los pilares de la Oppegasur.
Entre ellos destacan el Gran Gasoducto del Sur, que iría de
Venezuela a Argentina y Uruguay, pasando por Brasil, el Transandino
Simón Bolívar, que uniría Venezuela, Colombia,
Ecuador, Bolivia y Perú y el Gasoducto Transguajiro, entre el
oriente de Colombia y el occidente de Venezuela. En torno al primero
hay versiones contradictorias. Por un lado, según fuentes argentinas
y brasileñas, se habla de una parálisis de las negociaciones
al respecto, mientras que por el otro, según fuentes venezolanas,
se señala que en 2012 estará operativo el tramo entre
Brasil y Venezuela. En líneas generales, la idea manejada en
la Cumbre era que en un plazo de 10 años toda América
del Sur debería estar conectada por gasoductos, de forma tal
que todos los países del subcontinente pudieran comprarse y
venderse gas natural entre sí, sin importar demasiado cuál
es su origen. Es evidente, como se verá más abajo, que
se trata de una aproximación ideológica y voluntarista
al problema, que no tiene en cuenta el funcionamiento de los mercados
ni la defensa de los intereses nacionales.
Por eso,
no son de extrañar los mensajes de cautela, o de abierta
crítica, que comienzan a escucharse en Bolivia sobre la repercusión
negativa que el Gran Gasoducto del Sur tendrá para su propia
producción nacional. Se trataría de un ducto de más
de 9.000 kilómetros de extensión, con un coste estimado
(sin realizar todavía estudios serios) en 25.000 millones de
dólares, que pretende abastecer a Brasil y Argentina y con extensiones
a Uruguay, Paraguay y Bolivia. Algunas versiones hablan de 12.500 kilómetros
de tuberías, lo que da una idea del escaso grado de concreción
del proyecto. Hay que tener en cuenta que el oleoducto más extenso
de Europa, que va del Mar Caspio al Mediterráneo, desde Azerbaiyán
y a través de Georgia y Turquía, no supera los 1.700
kilómetros y tardó 10 años en construirse.
Según algunas fuentes, Venezuela y Brasil ratificaron que a
fines de 2009 comenzará la construcción del primer tramo
del Gasoducto del Sur, que durará hasta 2013. Esta fase tendrá 5.879
kilómetros de longitud y costará 11.000 millones de dólares.
Venezuela construirá 960 kilómetros y Brasil los casi
5.000 restantes. Según las mismas fuentes, Argentina y Bolivia
también confirmaron la licitación, a mediados de año,
de la construcción del Gasoducto del Nordeste, con una inversión
de 1.800 millones de dólares, que teóricamente debería
permitir multiplicar por cuatro, en 2010, las importaciones argentinas
de gas boliviano. Sin embargo, el primer proyecto no ha comenzado aún
la fase de los estudios técnicos ni los de impacto medioambiental,
y la licitación del Gasoducto del Norte de Argentina todavía
no se ha convocado. Por otra parte, según el contrato de abastecimiento
de gas firmado entre Argentina y Bolivia, en caso de crisis o de problemas
de abastecimiento, primero hay que satisfacer la demanda interna, segundo
la de Brasil y por último la argentina, lo que complica necesariamente
la presencia de inversores en la licitación.
Según el presidente de Petrobrás, Sergio Gabrielli,
el proyecto del Gasoducto del Sur estará en fase de estudios
(tienen al menos 100 técnicos trabajando en ello) por lo menos
hasta diciembre del 2007. Del resultado de los mismos depende si su
empresa invierte o no en la obra, y cuánto. Posteriormente,
el proyecto deberá pasar por una serie de estudios de ingeniería
en detalle, conceptual, financiera y de impacto ambiental. De todos
modos, para que la integración gasista avance de forma clara
es necesario superar algunas rigideces actuales, como la escasa producción,
la insuficiente infraestructura y la inexperiencia en la masificación
del consumo del gas, todo lo cual requiere de abundantes inversiones
de capital.
En un
reciente artículo, Hugo del Granado alertaba sobre los
riesgos que la construcción de este gran ducto supone para el
sector gasístico boliviano, ya que el mismo implica grandes
ventajas para el gas de Venezuela y muchos perjuicios para el de Bolivia.
Al satisfacer la demanda de mercados tan extensos, y con precios muy
bajos (por subsidiados), pone graves límites a la posibilidad
boliviana de competir eficazmente por los mercados de Argentina y Brasil.
Al mismo tiempo, dicho gasoducto cierra definitivamente la posibilidad
de que Bolivia pueda acceder a las costas del Pacífico e industrialice
su gas. Según Granado, el gas venezolano pasaría de la
Argentina a Chile por los múltiples gasoductos transandinos,
lo que cerraría definitivamente para Bolivia el mercado chileno
del gas, y también la posibilidad de solucionar de un modo negociado
el contencioso que enfrenta a ambos países desde el siglo XIX.
De este modo, tampoco se podría acceder a las costas chilenas,
y sin ellas sería difícil construir grandes plantas,
con lo que Bolivia pondrá distancia definitiva a la industrialización
del gas. Ningún país productor de hidrocarburos ha construido
plantas de escala mundial de GTL ni de LNG (para licuar y regasificar
el gas) lejos de las costas, dadas las grandes necesidades de agua
que requieren estas instalaciones.
Sin embargo,
en el supuesto caso de que finalmente Bolivia pueda poner en explotación el complejo siderúrgico vinculado a los
ricos yacimientos de El Mutún, próximos a la frontera
con Brasil, la demanda de gas crecería enormemente y la disponibilidad
para exportar se vería bastante reducida, salvo la llegada de
masivas inversiones extranjeras en el sector de los hidrocarburos.
Tras la llegada de Evo Morales al poder se cerraron todas las posibilidades
de que los capitales brasileños estuvieran presentes y finalmente
se apostó por la empresa india Jindal, con la que sin embargo,
y después de unas negociaciones prolongadas (llevan casi un
año) y complejas, todavía no se pudo llegar a un acuerdo
firme. Lo más grave del caso es que con la arremetida contra
Petrobras tras la nacionalización de los hidrocarburos y con
otras medidas contra los capitales brasileños, firmemente presentes
en Bolivia hasta la llegada de Morales, el Gobierno boliviano, después
de inclinarse por los favores venezolanos, decidió optar por
cerrar casi definitivamente un camino al desarrollo que pasaba por
una alianza estratégica y cada vez más estrecha con Brasil.
El futuro dirá cuánto se equivocó Morales, pero
de momento la ayuda venezolana al desarrollo, que eso sí, ya
ha superado a la de EEUU, de momento es incapaz de competir con la
inversión brasileña. A medio plazo se puede decir que
el potencial de la IED de Brasil de crear decenas de miles de puestos
de trabajo es sencillamente inferior a la cooperación de Venezuela.
El conflicto
por el bioetanol. Uno de los temas más candentes
de la Cumbre fue la disputa en torno al bioetanol entre los presidentes
Lula y Chávez. La lucha de Cuba y Venezuela contra los biocombustibles
se había convertido en una especie de cruzada desde el mismo
momento en que los presidentes de EEUU y Brasil, George Bush y Lula
da Silva, reunidos en Brasil durante la visita del primero, decidieron
potenciar su uso e impulsar una suerte de alianza para incrementar
su producción y consumo. El primero en pronunciarse de una forma
tajante fue el presidente Chávez, quien centró su explicación
en dos hechos fundamentales: por un lado el bioetanol impulsa la industria
automotriz y sólo sirve para perpetuar la contaminación
ambiental en el mundo y, por el otro, su producción extendería
el hambre en el mundo y condenaría a la pobreza a grandes contingentes
humanos, toda vez que la producción de alimentos, sumada a la
utilización intensiva de las tierras cultivables y del agua,
se destinan a la generación de biocombustibles. Chávez
está convencido que vencerá en esta última cruzada
que ha emprendido contra el imperialismo norteamericano y sus aliados: “así como
derrotamos al ALCA ahora derrotaremos al ALCO”.
La postura
de los comandantes Chávez y Castro se entiende a
partir del hecho de que ambos líderes no sólo intentan
defender la centralidad, y el precio, del petróleo venezolano
en la política latinoamericana, sino también, y sobre
todo, quieren mantener la influencia de Cuba y Venezuela en el Caribe.
En este punto hay que tener presente que el proyecto de potenciar la
producción de etanol por parte de Brasil y EEUU incluye la utilización
de los cultivos azucareros, hoy enormemente deprimidos, de varias las
islas del Caribe, para poder beneficiarse de las ventajas del DR-CAFTA
(Tratado de Libre Comercio de América Central y República
Dominicana). Tanto Cuba como Venezuela han intentado reforzar por todos
los medios–petrodiplomacia, becas, asistencia médica,
etc.– su influencia en los países caribeños, algo
que les permite contar con un importante respaldo, en términos
de votos, en la OEA, en la ONU y en otros organismos multilaterales.
Sin embargo,
la oposición al bioetanol es una lucha complicada,
más allá de la reciente advertencia de las Naciones Unidas
contra la producción indiscriminada de biocombustibles y la
utilización sin límites de recursos naturales, básicamente
tierra y agua. Por el momento, los países industrializados ven
en la producción de biocombustibles una oportunidad para diversificar
las fuentes de energía y reducir las emisiones de efecto invernadero,
como se ha planteado recientemente la UE, mientras que para los países
en desarrollo se trata de una forma de estimular el desarrollo rural,
crear puestos de trabajo y ahorrar un cantidad importante de divisas
que hoy se gastan en importar petróleo caro. Unos y otros han
desarrollado programas muy variados de producción de biocombustibles
a partir de los vegetales más diversos, como el maíz,
la caña de azúcar, la colza, la palma africana y otros.
Entre los países que cuentan con este tipo de programas se puede
mencionar a EEUU, la UE, India, Tailandia, China, Colombia, Brasil
y Argentina. El etanol de caña de azúcar, proveniente
del centro-sur de Brasil, es el biocombustible más económico,
y comienza a ser financieramente rentable a partir de que el precio
del barril de petróleo supere los 35 dólares. Sin embargo,
su importación resulta difícil en algunos países,
como EEUU, por los altos aranceles con los que algunos gobiernos quieren
evitar la competencia con la producción nacional.
En líneas generales el discurso de Chávez contra los
biocombustibles fue retomado posteriormente por Fidel Castro, que apenas
añadió nuevos argumentos a los anteriormente barajados
en los dos artículos que publicó en Granma entre fines
de marzo y principios de abril. Bajo el pomposo título de “Reflexiones
del Comandante en Jefe”, recalcó la “idea siniestra” de
convertir los alimentos en combustible (básicamente etanol),
lo que, según su opinión, provocaría un genocidio
internacional por hambruna. Precisamente, su primer artículo,
publicado el 29 de marzo de 2007 se titulaba “Condenados a muerte
prematura por hambre y sed más de 3 mil millones de personas
en el mundo”. La respuesta de Lula fue contundente y señaló “que
nadie deja de comer en el mundo por falta de alimentos, sino por falta
de renta”.
Lo curioso
es que, después del posicionamiento de Cuba y Venezuela
en contra del bioetanol, comenzó a cambiarse el discurso de
algunos grupos ecologistas y medioambientalistas, otrora defensoras
de los biocombustibles, y también del de cierta izquierda. Por
eso no es de extrañar que desde otras fuentes del espectro ideológico
chavista se insista en las mismas o similares líneas argumentales
que las usadas por los comandantes Castro y Chávez. Este es
el caso del español Carlos Monedero, profesor de la Universidad
Complutense de Madrid y asesor del presidente venezolano, quien señaló que: “Venezuela
hace bien en el intento de rebautizar las palabras porque las palabras
se las han robado. Anunciaron una revolución verde y eso significó acabar
con una parte de la subsistencia del agro latinoamericano y asiático.
Ahora están con otra mentira, que es la palabra biocombustibles,
como si beberse un litro de etanol fuera saludable, en vez de denominarlos
agro combustibles”. [10]
Pese a
las fuertes críticas vertidas por el presidente Chávez
contra el bioetanol, la defensa hecha por el Gobierno del presidente
Lula terminó dando sus frutos. Brasil aspira a beneficiarse
del etanol no sólo económicamente sino también
políticamente, ganando entre otras cosas mayor influencia en
el Caribe. Destaca por su contundencia el artículo de prensa
escrito por Marco Aurelio García, el principal asesor internacional
de Lula en defensa de los biocombustibles. En la misma línea
argumental, y también en aras de alcanzar un mayor consenso
entre los diversos países de la región, Lula reafirmó la
importancia del etanol, siempre que no afecte la producción
de alimentos. Brasil lanzó una fuerte ofensiva mediática
antes de la Cumbre para potenciar la imagen del etanol. Desde esta
perspectiva debe verse el anuncio dos días ante de la Cumbre
de Cosan, la mayor productora brasileña de azúcar y de
etanol, de realizar inversiones por valor de 1.700 millones de dólares
en los próximos cuatro años para aumentar su capacidad
de producción y modernizar sus plantas.
La Declaración Final de la Cumbre terminó adoptando
una posición intermedia entre las posiciones de Brasil y Venezuela,
que hace patente, una vez más, el peso de la retórica
en todo este proceso de integración regional. La mayor parte
de los gobiernos de la región optó por no enemistarse
con ninguno de los dos contendientes, intentando lo que en términos
coloquiales se define como “nadar y guardar la ropa”. De
este modo, los presidentes firmantes de la Declaración, dejando
de lado la mayor parte de las críticas vertidas en los días
previos a la cita de Isla Margarita, reconocieron el “potencial
de los biocombustibles para diversificar la matriz energética
suramericana”, se comprometieron a “conjugar esfuerzos
para intercambiar experiencias con miras a lograr la máxima
eficiencia en el empleo de estas fuentes” y a “promover
el desarrollo social, tecnológico, agrícola y productivo”.
Así, se redactó un apartado que no condenó las
intenciones de algunos países, como Brasil, de incrementar su
producción de etanol ni se mencionaron sus posibles efectos
sobre la agricultura de alimentos.
Si bien
Chávez optó por reducir considerablemente el
enfrentamiento con Brasil a causa del etanol, Evo Morales, que había
tenido un fuerte encontronazo con Lula a consecuencia de la nacionalización
de las refinerías en manos de Petrobras, decidió observar
el punto sobre los biocombustibles de la Declaración final.
La postura de Chávez se explica en su deseo de no forzar un
enfrentamiento con Brasil que podría terminar siendo totalmente
contrario a sus intereses, ya que terminaría obligando a otros
países sudamericanos a situarse a favor o en contra de su postura,
en una lucha en la que no tiene mucho que ganar.
Tal como
se ha venido planteando hasta ahora, el debate en torno a los biocombustibles
responde más a cuestiones políticas
(convergencia entre Brasil y EEUU) que técnicas. Desde esta
perspectiva, valdría la pena recordar que en 2006 Venezuela
le compró a Brasil unos 100 millones de litros de etanol, aunque
las importaciones fueron suspendidas en octubre pasado. Tras el mencionado
debate, Venezuela decidió retomar las importaciones. También
se estableció que unas comisiones binacionales tendrán
que establecer el futuro de las importaciones y su cantidad.
La discusión sobre el bioetanol puso en evidencia la existencia
de diferentes intereses y puntos de vista entre los productores y no
productores de petróleo. En este contexto destacan las declaraciones
del vicepresidente de Uruguay, Rodolfo Nin Novoa, que defendió el
derecho de su país a desarrollar el etanol como una “alternativa” para “independizarse
de la compra de petróleo”, ya que destinar una parte de
su agricultura a producir etanol no atenta contra la seguridad alimenticia
de la región: “Somos un súper productor de alimentos
en relación con la población que tenemos. Uruguay puede
alimentar muchísimos millones de seres humanos de América
Latina”. Paraguay también es partidario del etanol, al
punto que busca integrarse de manera activa en el proyecto brasileño
de potenciación de la producción de alcohol vegetal.
Por su parte, y resulta sumamente paradójico por el gran potencial
argentino en la materia, el presidente Kirchner intentó mantener
una cierta equidistancia entre Chávez y Lula, aunque sus compromisos
financieros y políticos con el primero han condicionado su actuación
en la Cumbre, así como han incidido en el pasado reciente en
varias actuaciones de política exterior de su Gobierno, como
la cesión de un estadio de fútbol en la ciudad de Buenos
Aires para un acto de Chávez contra la presencia de Bush en
Uruguay o algunas manifestaciones de antinorteamericanismo no muy bien
recibidas por el Departamento de Estado.
[1] Patricio Navia, “UNASUR, la energía y el liderazgo
de Chávez”, Infolatam, 18/IV/2007.
[2] “Declaración presidencial sobre las Islas Malvinas”.
[3] “Decisiones del diálogo político entre los
jefes de estado y de gobierno”.
[4] “Declaración de Margarita. Construyendo la integración
energética del Sur”, 17/IV/2007.
[5] http://www.clarin.com/diario/2007/04/17/elpais/p-00601.htm.
[6] Paul Isbell, “Hugo Chávez y el futuro del petróleo
venezolano (I): el resurgimiento del nacionalismo energético” y “Hugo
Chávez y el futuro del petróleo venezolano (II): el pillaje
de PdVsa y la amenaza a su nivel de producción”, ARI nº 14/2007
y nº 15/2007, 9/II/2007 y 12/II/2007, Real Instituto Elcano; y
Norman Gall, “Petróleo y democracia en Venezuela”,
Braudel Papers, nº 40 y 41.
[7] Según Patricio Navia, “UNASUR, la energía y
el liderazgo de Chávez”, Infolatam, 18/IV/2007, “En
la medida que Chávez logre construir una red de cooperación
entre esas compañías, los incentivos para que otros países
nacionalicen su sector energético y tomen ventaja de las oportunidades
para colaboración aumentarán. La intención de
Chávez es que los países que promueven políticas
de privatizaciones queden aislados y sus costos energéticos –especialmente
el de gas– aumenten significativamente. Así, los incentivos
para sumarse a este proyecto de unificación energética
suramericana aumentarán… Además de producir presión
política para sumarse al proyecto de Chávez, de ser exitoso,
este modelo de integración energética terminará siendo
muy costoso para los países que se nieguen a participar”.
[8] Véase Manuel Hidalgo, “En torno a un petro-estado:
petróleo, política y democracia en Venezuela”,
en Carlos Malamud, Paul Isbell y Concha Tejedor, Anuario Iberoamericano
2007 , Real Instituto Elcano-EFE, Madrid, 2007.
[9] Genaro Arraigada, “Petróleo y gas en América
Latina. Un análisis político de relaciones internacionales
a partir de la política venezolana”, DT nº 20/2006,
19/IX/2006, Real Instituto Elcano.
[10] El Universal, de Caracas, 22/IV/2007.
Carlos
Malamud, Investigador
principal de América Latina, Real Instituto Elcano. Sus
puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este comentario fue originalmente publicado por America
Economica.com ,
el 1 de Junio, 2007. Reproducimos el mismo en beneficio
de los
lectores. Reproducimos el mismo en beneficio de los lectores.
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no se hace responsable por los juicios de valor emitidos por esta publicacion,
por sus colaboradores y columnistas de opinión y análisis.
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