EXTRA
Wilfredo
Ardito Vega:
En
tiempos de Morales Bermúdez
-Signora, ¿podemos ofrecer la jornada por los profesores en
huelga? -preguntó Carmen Maurial, una de mis compañeras
de clase, en demostración de su precoz sensibilidad social.
Yo
no estudiaba en un colegio religioso, sino en el Raimondi, pero la
señora Fankhauser, nuestra profesora italiana, nos había
acostumbrado a rezar en las mañanas y a ofrecer el día
de clase por alguna necesidad determinada, como un compañero
enfermo o un problema social.
-Por
supuesto que sí -respondió la profesora-. Pidamos
especialmente por aquellos maestros que han sido asesinados.
Y
luego comenzamos la clase, sin que nadie volviera a mencionar el
tema.
Pero las muertes
de maestros se comentaban en muchos lugares
a sottovoce. Era el tercer año del gobierno de Francisco Morales
Bermúdez y la huelga del SUTEP duraba ya varios meses. Mientras
el autoritarismo del régimen de Velasco había sido defendido
por múltiples sectores intelectuales, religiosos y populares
porque se impulsaba reformas sociales cuya necesidad parecía
entonces indiscutible, el gobierno de Morales Bermúdez era totalmente
impopular.
Las
reformas se habían detenido y los actos represivos se afianzaban:
el toque de queda era rutinario y se habían producido nuevas
deportaciones. Los diarios y canales de televisión seguían
confiscados, con permanentes mensajes de "denuncia a los agitadores",
donde se mostraba a patrióticos transeúntes enfrentarse
a quienes encontraban razones para expresar su descontento.
El
19 de julio de 1977 las clases no terminaron, porque muchos papás
vinieron preocupados a recoger a sus hijos: se estaba llevando a cabo
el contundente paro nacional marcó el aislamiento del régimen,
en marcado contraste con el respaldo popular que había tenido
Velasco. Sólo en Lima, el ejército mató a siete
manifestantes. Miles de dirigentes sindicales fueron despedidos, pero
10 días después, Morales Bermúdez no tuvo más
remedio que disponer la convocatoria a una Asamblea Constituyente y
el retiro de las Fuerzas Armadas a sus cuarteles.
Sin
embargo, los abusos continuaron: la violenta represión
a los maestros se produjo después de los mencionados anuncios.
Un buen día, nos avisaron que los profesores peruanos del Raimondi
habían decidido solidarizarse con la huelga, con un paro simbólico
de dos días. Seguían a otros colegios particulares, laicos
y religiosos, pero el impacto era significativo, porque Rosa Pedraglio,
la esposa de Morales Bermúdez, era raimondina. Los profesores
italianos no pudieron sumarse, por su condición de extranjeros,
pero donaron su estipendio para la olla común de los maestros
del SUTEP y durante los dos días se ocuparon de cuidarnos en
las horas de clase de los peruanos.
En
junio de 1980 se produjo la detención y desaparición
de los cuatro ciudadanos argentinos, un hecho que difícilmente
pudo haber ocurrido sin que lo supieran Morales Bermúdez o Pedro
Richter Prada, el Jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas.
Aunque
al mes siguiente, tan pronto los medios de comunicación
regresaron a sus propietarios, hubo una amplia cobertura periodística
sobre lo sucedido, el gobierno de Belaúnde no hizo nada al respecto.
En realidad, a diferencia de Argentina, Chile u otros lugares, en el
Perú el retorno a la democracia en 1980 no implicó ni
comisiones de la verdad ni investigaciones sobre violaciones a los
derechos humanos. Estos temas no parecían tan prioritarios para
el nuevo gobierno, que pronto sería responsable de sus propios
crímenes en Ayacucho, Huancavelica y Apurímac.
Gracias
a la benevolencia de sus sucesores, Morales Bermúdez
parecía destinado a vivir sus últimos días con
bastante tranquilidad, pasando las tardes en una cafetería cercana
al Ovalo Gutiérrez, que también le gusta a Isaac Humala
y Fernando Tuesta. Allí acude con su segunda esposa, pues la
primera falleció hace algunos años.
La
inesperada orden de detención dispuesta por la juez italiana
Luisiana Figliola contra ambos ex generales refleja una tendencia muy
positiva en la lucha por sancionar las violaciones de los derechos
humanos, aquello que las ONG llaman "judicialización".
Ya no se juzga sólo a quienes han perdido guerras, como ocurrió en
los casos de Núremberg o del TPI para la antigua Yugoslavia.
En los últimos años hemos visto procesos contra Pinochet,
contra Fujimori y quizás también contra Belaúnde
si estuviera vivo. Digo quizás porque las víctimas de
Belaúnde eran mayoritariamente campesinos ayacuchanos hacia
los cuales la justicia del Perú era bastante indiferente.
A
mediados del año pasado, terminada la misa en una iglesia
de San Isidro, vi a Morales Bermúdez. Me acometieron sentimientos
contradictorios: de un lado, el recuerdo de sus abusos y de otro, cierta
compasión por una persona de edad avanzada que estaba rezando
de rodillas. Yo pensé que no podía saber si Dios lo había
perdonado, pero que nunca había rendido cuentas a la justicia
de este mundo por sus numerosos delitos. Quizás, en este año
que recién comienza, exista la posibilidad de que sea procesado
por algunos de ellos.
Wilfredo
Ardito Vega es abogado de la Asociación Pro Derechos Humanos
del Perú.
Sus puntos
de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este
comentario fue originalmente publicado por La Insignia. Perú,
enero del 2008. Reproducimos el mismo en beneficio de los
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Perú 20 01 08
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