Comentario
Editorial/Opinión
Felipe González: Energía y democracia
A mi juicio, la energía es una variable estratégica clave
para el desarrollo, para la integración regional y para la convivencia
internacional.
Sin embargo, la relación directa entre energía y democracia
es menos evidente, salvo que se quiera situar su carácter imprescindible
para el crecimiento económico y el bienestar social como un componente
necesario, aunque no suficiente, para el avance de la sociedad democrática.
Por eso creo que deberíamos analizar el problema energético
tratando de responder a varias preguntas básicas: ¿Existe
un riesgo real de crisis de oferta en materia energética? ¿Qué
relación existe entre energía y desarrollo socioeconómico?
¿Cómo contribuiría la energía a la integración
regional? ¿Cuánto pesa la cuestión energética
en las dinámicas de paz o conflicto a nivel internacional?
En primer lugar, sobre la existencia o no de una escasez de oferta para
satisfacer las demandas de energía en el mundo, parto de la convicción,
que hay que discutir, de la existencia a corto plazo de un cuello de
botella en la cantidad disponible si el crecimiento de la economía
mundial se mantiene.
La aproximación correcta en este punto debería llevarnos
al análisis técnico de las reservas no renovables existentes,
la capacidad de producción y transformación actual, junto
a las previsiones de inversión. Así podríamos aproximarnos
a la capacidad real de satisfacción de la demanda en los próximos
10 años. Naturalmente hay que considerar la participación
de estos recursos no renovables en el consumo total y su posible evolución,
sin olvidar el factor, de su impacto medioambiental.
Junto a ello, es imprescindible reabrir el debate de la energía
nuclear, cuyo desarrollo parece imparable. Me tocó decidir la
moratoria para España hace más de 20 años basada
en problemas de seguridad y, sobre todo, en la imposibilidad de eliminar
los residuos radiactivos. La primera cuestión ha sido resuelta
tecnológicamente con mejoras sustanciales. La de eliminación
de residuos plantea más dudas, pero deberíamos conocer
el grado de avance del Centro Europeo de Investigación de Física
de Partículas en este terreno para fundamentar un debate serio.
Finalmente, pero no en orden de importancia, tenemos la obligación
de conocer el estado de desarrollo de las energías renovables
e impulsarlas decisivamente. Sol, agua, viento, biomasa, etcétera,
aparecen ya como las respuestas más aceptables medioambientalmente
y con clara tendencia a ser competitivas a los precios actuales y previsibles
de las energías fósiles. Su evolución no puede
depender de intereses inmediatos ni de falta de voluntad política.
La primera aproximación debería ser técnica, contrastando
las distintas opiniones, para conocer con el mayor rigor posible cuál
es el estado real de la cuestión.
A continuación, estaríamos en mejores condiciones de introducir
una reflexión estratégica que implique a los actores políticos,
a las empresas del sector, tanto públicas como privadas, a los
países productores y consumidores, a los sectores medioambientales,
etcétera, para abordar la variable energética en las tres
dimensiones señaladas: elemento imprescindible para el desarrollo,
factor determinante para la integración regional, y clave para
la convivencia internacional. El trasfondo medioambiental debería
atravesar la reflexión de conjunto, buscando equilibrios que
sean más justos entre las diferentes regiones del mundo para
mejorar las exigencias cada día más serias de evitar un
deterioro natural grave.
Nadie puede renunciar a la energía. Mucho menos si se aspira
legítimamente a aumentar el crecimiento y mejorar las condiciones
de vida de la gente. En la condición de país emergente
o en la condición de desarrollado. Las nuevas fracturas de esta
economía globalizada, unidas a las antiguas, evidencian que la
revolución tecnológica no cambia la variable estratégica
de la energía como un elemento clave en el bienestar de los seres
humanos.
Merece la pena considerar una paradoja inexplicable. La inmensa mayoría
de los países productores de petróleo y gas no ha sido
capaz de transformar esta riqueza decisiva en crecimientos económicos
con desarrollos sociales equilibrados. En el lado contrario del espectro,
los países desarrollados son consumidores y transformadores sin
recursos energéticos propios en este campo.
Ni el régimen de propiedad de los recursos, ni los sistemas políticos,
ni la diversidad cultural parecen haber influido en esta especie de
maldición que viene pesando sobre las sociedades de las zonas
ricas en petróleo. Las exportaciones de la materia prima tienden
a concentrar la riqueza en pocas manos, con escasa incidencia en el
empleo y en el desarrollo real.
Los países desarrollados dependientes de la materia prima no
han hecho un esfuerzo sostenido en los últimos 15 años
para fomentar seriamente el uso de energías alternativas, ni
se enfrentan con rigor al tema de la energía nuclear, ni han
mantenido estrategias de diversificación de suministros eficientes.
Los mercados de los años noventa y de lo que va del nuevo siglo
no parecen dispuestos a premiar inversiones relevantes en nuevos recursos.
La energía debe ser analizada asimismo como factor de integración
regional. No es difícil en algunas regiones con avances serios
en la dinámica de la supranacionalidad, como la Unión
Europea, avanzar en modelos de integración de redes viarias u
otras infraestructuras para el desarrollo aprovechando las sinergias.
Sin embargo, cuando se trata de emplear estrategias conjuntas en materia
energética, surgen pulsiones nacionalistas que incrementan la
fragilidad y la dependencia del conjunto.
En América Latina existen muchas posibilidades para emplear sus
recursos energéticos en los desarrollos nacional y regional.
La riqueza en energías fósiles, en hidráulica o
en las demás renovables es más que suficiente para facilitar
un auténtico despegue económico de la región. Una
política energética regional o subregional contribuiría
más que todos los discursos integracionistas a la unidad latinoamericana
y al desarrollo del conjunto. Algo semejante podríamos decir
del Magreb o de otras zonas de África si se superaran las desconfianzas
recíprocas y los conflictos. O de Rusia y sus vecinos de la antigua
URSS. O de Medio Oriente.
Para terminar este debate, hay que considerar que el desafío
energético global tiende a ser la principal causa de la conflictividad
internacional. La convivencia en paz o las tensiones dependen más
de una respuesta seria a la probable crisis de oferta en esta materia
sensible que de todos los inventos de conflictos de civilizaciones.
Medio Oriente sería algo diferente si no se cruzaran en la región
los intereses petroleros y gasísticos que existen.
Felipe González,
Ex jefe de Gobierno Español. Sus
puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota del Editor: Este comentario fue originalmente publicado por DIARIO
"EL PAÍS", el 29 de Octubre del 2006. Petroleumworld
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Petroleumworld Peru 05 11 06
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